
El Observatorio de Taqi al-Din. Pieza del Mes, Enero 2026
Manuscrito persa ms. F 1404, fol. 57a, Estambul. XVI.
La miniatura que he elegido en esta ocasión como pieza del mes para comenzar el año, pertenece al observatorio de Taqi al-Din, con sus astrónomos concentrados entre instrumentos, tablas y globos celestes. En estos días de Navidad, y estando cerca la llegada de los Reyes Magos de Oriente, esta escena me pareció ideal para imaginar un momento crucial en el relato de los Reyes Magos de Oriente:
El Evangelio de Mateo, narra que los Magos eran sabios que “vieron su estrella en Oriente” y comprendieron su significado. La tradición cristiana los ha identificado como astrólogos o astrónomos, formados en el estudio sistemático de los cielos. No resulta difícil imaginar que estos sabios trabajaran en estancias similares a la que muestra la miniatura: salas palaciegas dedicadas al conocimiento, llenas de instrumentos y manuscritos astrológicos, donde el movimiento de los astros era observado con rigor, asombro y fascinación.
Siglos después, esa misma tradición de observación científica alcanzó una de sus expresiones más avanzadas en la figura de Taqi al-Din Muhammad ibn Ma‘ruf (1526–1585), destacado matemático, astrónomo e ingeniero del Imperio Otomano. En 1577, bajo el patrocinio del sultán Murad III, fundó en Estambul un observatorio dotado de instrumentos de gran precisión: esferas armilares, cuadrantes murales, relojes astronómicos diseñados por él mismo y otros dispositivos de medición de gran tamaño. El objetivo de esta institución era revisar y perfeccionar las tablas astronómicas heredadas tanto de la tradición islámica como de la greco-helénica, adaptándolas a observaciones más exactas.
La imagen del observatorio otomano, como se observa en este manuscrito, nos recuerda que en Oriente el estudio del cielo fue durante siglos, una actividad prestigiosa, ligada tanto al poder político como a la búsqueda de sentido trascendente. Reyes, sultanes y príncipes protegieron a astrónomos porque comprender el orden del cosmos significaba también comprender el orden del mundo. En ese marco cultural, una estrella no era solo un fenómeno físico, sino un signo cargado de significado.
Así, la estrella que guio a los Magos hasta Belén puede entenderse no como un acto aislado y extraño, sino como el resultado de una tradición intelectual profunda: la lectura atenta del cielo por hombres formados, capaces de reconocer lo excepcional entre lo ordinario. La fe, en este relato, no se opone al conocimiento, sino que nace de él. La observación conduce al asombro, y el asombro al viaje.
La miniatura del observatorio de Taqi al-Din, siglos posteriores al nacimiento de Jesús, encarna visualmente esa continuidad: hombres reunidos para mirar el cielo, medirlo, discutirlo y descifrarlo. Aunque el contexto sea científico y no bíblico, el impulso es el mismo. Oriente aparece, así como un espacio donde ciencia y espiritualidad no se excluyen, sino que dialogan.
Ojalá que ese dialogo, tan falto en estos tiempos convulsos en los que vivimos llegue a producirse. Que la luz que guio a los Magos hacia Belén, ilumine también el camino de aquellos que escriben el futuro de los hombres, convirtiéndose este camino común, en un punto de encuentro entre razón, fe y esperanza. Feliz Año y Feliz Día de Reyes.
Ficha Técnica
Manuscrito persa ms. F 1404, fol. 57a, Estambul. XVI.
Materiales: Plumilla, tintas de colores sobre papel de elefante envejecido.
Tamaño: 30×21.



