
Toledo Medieval
En el siglo XII, reinando Alfonso VIII de Castilla, el conjunto de Alcázar[1] y edificios militares, políticos y administrativos del noreste de la ciudad de Toledo, constituían el Alficén árabe —de «Al-hicem», ceñidor—, debido al cinturón de murallas que lo separaba del resto de la capital. En su interior hallábase la catedral de Santa María, entre el Alcázar y la puerta de Alcántara. La Puerta de los Caballos (actual Arco de la Sangre) comunicaba el Alficén con la plaza de Zocodover. En el punto más elevado y muy próxima al Alcázar, levantábase una antigua alcazaba (hoy Alcázar de Carlos I) que siempre fue de uso militar.
La riqueza industrial y perfección de menestrales y artífices toledanos hacíanse patentes en su zoco y sus ferias. Lugar preeminente ocupaban la manufactura de seda, de origen árabe, que movía hasta veinte mil telares, la fabricación de sombreros y bonetes, la forja de armas blancas, a las que el Tajo proporcionaba excelente temple, los techos artesonados y el arte damasquinado, cuyo monopolio acaparaban manos mudéjares.
En un extremo de la plaza Mayor (junto a la actual catedral), localizábase la Alcaná, enclave financiero judío donde ejercían los cambistas, prestamistas, plateros, orfebres y otros establecimientos hebreos. Cercanos estaban los confiteros y panaderos. En calles adyacentes se repartían distintos gremios, como el de guarnicioneros y zapateros en la calle Chapinería, o el de laneros, sastres y merceros en la calle Cordonerías. Al sur de la Plaza Mayor encontrábase el barrio de Alcudia Alhatab, donde vivían mercaderes y empleados de las carnicerías, hasta la plaza de Las Fuentes y los baños árabes del Cenizar. Descendiendo hasta el Pozo Amargo, se asentaban los curtidores y tejedores; los tintoreros, junto al Tajo, en los aledaños de la plaza del Tinte.
De la Plaza Mayor arrancaba la calle del Zoco (hoy del Comercio), donde los establecimientos ocupaban ambas fachadas y los martes situábanse en el centro de la calzada comerciantes y artesanos de los arrabales, villas y montes cercanos. En la calle de los Estereros (hoy, Pajaritos) y la de la Sierpe, vendían los artesanos del esparto sus esteras, serones, capazos, alpargatas y serijos. La calle del Zoco moría en la plaza de Zocodover (Sũq al-Dawãd, Zoco de las Bestias), donde se realizaba compraventa de animales vivos: gallinas, conejos, ovejas, vacas, caballerías… En callejas al norte de dicha plaza asentábase el gremio de los armeros, solo los vendedores, pues las fraguas donde se forjaban las bien templadas espadas toledanas hallábanse cerca del río, en la calle Airosas del arrabal de la Antequeruela.
La comunidad judía de Toledo suponía aproximadamente la octava parte de la población, y muy integrada en el resto de la sociedad. Durante el s. XII había crecido mucho debido a las migraciones producidas en al-Ándalus y norte de Africa bajo dominio del fundamentalismo almohade. Perseguidos por la intolerancia, esparciéronse por ciudades y reinos cristianos, siendo Toledo la que absorbió mayor número por haber conservado un modo de vida más similar al de las ciudades andalusíes y por la gran influencia que los judíos alcanzaron en la corte de Alfonso VIII de Castilla.
Como el rey mantuviera amores con una judía, Raquel, de noble estirpe hebrea, acrecentose la protección que el monarca dispensaba a esta comunidad, y algunos de sus miembros lograron gran poder en la corte. Principalmente, Al-Fakkar fue médico, visir y embajador del rey; llegó a ser además Rabino Mayor de Castilla. Otras grandes familias judías toledanas eran los beni Ezra, beni Abulafiah, beni Sadoq y, sobre todo, la familia beni Xoxan: Josef ben Omar ben Xoxan (Avenxuxen) llegó a ser visir y almojarife (administrador) del rey.
El Papa Inocencio III reprochó el favor que Alfonso VIII otorgaba a judíos y sarracenos. Estos clanes gozaron de grandes privilegios sociales y las familias de los visires judíos viajaban con escolta cristiana. El resto de la comunidad judía se repartía entre una clase media-alta, constituida por rabinos, financieros, cambistas, arrendadores de diezmos y alcabalas, orfebres, médicos y científicos, una clase media-baja, formada por artesanos y comerciantes, y una clase modesta, integrada por otros gremios y oficios manuales.
La propia Iglesia arrendaba a judíos el cobro de sus diezmos, fuese en dineros, trigo, vino o ganado. De estos bienes hacíase almoneda en Pascua de Resurrección; en misa mayor se entregaban al mejor postor. Las ganancias logradas repartíanse, un tercio para el rey y dos tercios para la Iglesia. Muchos judíos poderosos ayudaban a los reyes en tiempo de necesidad o bien a financiar las campañas guerreras. Vivían así inmersos en una sociedad que los aceptaba y respetaba, pero que no los asimilaba; ni ellos deseaban ser asimilados.
La comunidad musulmana (mudéjar) de Toledo era menos numerosa que la judía y menos conflictiva, con intención quizás de pasar inadvertida. Había ido decreciendo desde el s. XI, tras la conquista de la ciudad por Alfonso VI de Castilla, pero seguían manteniendo su primacía como alarifes o arquitectos. (Para información más extensa sobre la comunidad mudéjar, ver mi artículo “Mudéjares de Castilla”).
En Toledo se hablaban las tres lenguas y practicábanse las tres religiones. La mayoría de las mezquitas, que en época andalusí habíanse albergado en antiguas iglesias visigóticas, tornaron a ser iglesias y a su culto cristiano tras la conquista de la ciudad, aunque cuatro de ellas siguieron prestando servicio religioso a los mudéjares toledanos.
Mudéjares y judíos aportaron distinción y esplendor a la corte cristiana, pobre en saberes, difundiendo sobre la tosquedad medieval un aroma de refinamiento oriental que perduró a lo largo de los siglos.
Existían templos en Toledo que practicaban el antiguo rito mozárabe de época visigoda, anterior a la conquista por los sarracenos: Santa Justa, San Sebastián, Santa Eulalia, San Lucas, San Torcuato y San Marcos. El resto de las iglesias regíanse por el nuevo rito romano, así como la catedral de Santa María del Alficén.
En el s.XI, cuando Alfonso VI arrebató la ciudad a los árabes, perduraba el rito antiguo en las iglesias que seguían funcionando como tales; habíanse mantenido aisladas bajo el gobierno de los muslimes y desconocían la nueva liturgia implantada por el Papa Gregorio VII, que se practicaba en todos los reinos cristianos. Con la recuperación de la ciudad, se planteó el dilema de si abolir el rito mozárabe, imponiendo el romano, o hacerlos convivir. Se presentó enorme resistencia ante el cambio; la liturgia practicada durante la dominación musulmana habíase convertido en una de sus señas de identidad y, por ello, los toledanos no admitían mudanza alguna.
Cada una de las dos modalidades tuvo defensores y detractores; esto dio origen a controversias y conflictos. Hubo hasta justas y torneos para tratar de dilucidar cual era entre los dos ritos el ganador: un caballero representaba al nuevo rito romano con sus colores y sus símbolos, y otro, al rito mozárabe con su cruz de los cuatro brazos iguales. También se llevó a cabo un auto de fe, presidido por la reina doña Constanza, esposa de Alfonso VI, en el que los protagonistas fueron dos códices, uno representando al rito romano, y otro, al mozárabe. La reina, por propia mano, arrojó a la hoguera los dos misales ante toda la población, y fue el mozárabe el que se salvó de las llamas.
Los toledanos participaron con verdadera pasión en estos actos, pero, aun así, se impuso el rito romano, aunque los reyes determinaron autorizar a varias iglesias para que conservaran el antiguo, dotándolas incluso de privilegios que venían a confirmar su histórica personalidad.
Dos facciones judías contrarias —tradicionalistas y racionalistas— surgieron en la ciudad en los últimos años del s.XII por las aportaciones del judeo-cordobés Moshe ben Maymon (Maimónides) a la ciencia médica y a la teología. Sus escritos tratando de conciliar Revelación y Razón levantaron entre la comunidad judía pasiones encontradas.
Así, la comunidad hebrea toledana estaba dividida, pero muy influida por Maimónides; solo se hablaba de él, fuera para ensalzarlo o para criticarlo. Entre los defensores de la tradición contábase Meir Abulafiah, judío muy influyente en la ciudad y en la corte. Este personaje no ocultaba su admiración por el sabio cordobés, pero tampoco su alarma ante teorías teológicas como la de la inmortalidad del alma, aunque no así del cuerpo resucitado, que defendía Maimónides. Abulafiah hizo públicas unas cartas que habíale dirigido en 1202 en las que le exigía que se retractara.
Hebreos de todo el mundo acudieron en su defensa, ridiculizando la estrechez de miras de quienes lo criticaban. Pero, tras la muerte de Maimónides en Egipto en 1204, fue decreciendo el número de tradicionalistas y revisando sus ideas. El mismo Meir Abulafiah realizó una loa tan desmesurada tras su muerte que llegó incluso a compararlo con Moisés. A este ambiente se unía la llegada de las primeras noticias sobre las ideas provenzales de la Cábala, que también encontraron opositores.
En Toledo celebrábanse Congresos médicos (Consilium) en las tres lenguas que se hablaban en los reinos cristianos y al-Ándalus: latín (o romance), árabe y hebreo. Desde mediados del siglo XII, los traductores de la ciudad castellana vertían los libros de ciencia árabes, grecoárabes y judíos a la lengua de los cristianos latinos[2].
Como traductores pueden citarse el arzobispo Raimundo, Gerardo de Cremona, Dominico Gundisalvo, que crearon escuela en Toledo, además de Marco de Toledo, Juan Hispano, Abraham ben Daud, conocido como ben Dawid o Avendauth, discípulo de Dominico Gundisalvo. La complejidad étnica y cultural hizo posible la Escuela de Traductores de Toledo. (Ampliar sobre “Escuela de Traductores” en mi artículo “Mudéjares de Castilla”).
La discriminación de los almohades hacia las comunidades cristiana y judía supuso para Córdoba y al-Ándalus el fin de siglos de gloria y esplendor. Forzados al exilio, otra ciudad —Toledo—, en ese momento más acogedora, les abrió sus puertas, y este hecho significó para ella progreso, cultura y civilización.
1- Este Alcázar, era el medieval alcázar árabe y, en tiempos remotos, palacio visigodo; donde hoy está el Hospital de la Santa Cruz.
2-«La Cruz y la Media Luna», Carmen Panadero.
Autor/es:
Ha participado en numerosas exposiciones individuales y colectivas celebradas en museos y en colecciones públicas y privadas de España, Alemania, Portugal, EE.UU y Reino Unido. Como escritora e investigadora científica, Carmen Panadero ha ganado premios como el XV Premio de novela corta "Princesa Galiana" del Ayuntamiento de Toledo por su novela “La Horca y el Péndulo”, y ha sido distinguida con la Medalla de Oro 2018 del Círculo Intercultural Hispanoárabe (CIHAR) a la Investigación Histórica.







